La pandemia de las casas muertas

Habrá que regresar a las casas muertas, digo, a la lectura de Casas Muertas, del autor venezolano Miguel Otero Silva (Ver enlace: https://salkedus.com/lope-de-aguirre-principe-de-la-libertad/), nacido en 1908 y desaparecido en 1985. Esta olvidada pero excelente novela narra y describe las luchas de un triste pueblo llamado Ortiz, en las orillas del llano venezolano, en algún lugar del Guárico tal vez, durante los tiempos de Juan Vicente Gómez, el Benemérito dictador que gobernó al país desde 1908 hasta 1927.

El siglo XX en el XXI

En medio de la pandemia del paludismo, de la desolación, la hambruna, aislamiento del mundo moderno y emigración, transcurre la trama alrededor de los personajes principales: Sebastián y Carmen Rosa. Sin poder evitarlo, además, el lector de la novela tendrá que ver semejanzas o cercanías con algún país. Y les parecerá inaudito que entrado ya el siglo XXI en el mundo, pudiera haber lugares con aislamiento relativo, hambre, encierro y quietud, aún antes del Corona Virus, y en medio de (o)presión política. Pero es así. ¿O no?

Ubicada en época de dictadura, no faltan los complots, sobre todo de estudiantes, los presos y detenidos, el secreto, las conjuras y la muerte por supuesto, inclusive la del protagonista, cuyo entierro da inicio a los hechos novelados.

En la quietud de nuestra cuarentena y virus, leamos esta joya dejada por su autor:

El entierro

“Esa mañana enterraron a Sebastián. El padre Pernía, que tanto afecto le profesó, se había puesto la sotana menos zurcida, la de visitar al Obispo, y el manteo y el bonete de las grandes ocasiones. Un entierro no era acontecimiento inusitado en Ortiz. Por el contrario, ya el tanto arrastrarse de las alpargatas había extinguido definitivamente la hierba del camino que conducía al cementerio, y los perros seguían con rutinaria mansedumbre a quienes cargaban la urna o les precedían señalando la ruta mil veces transitada. (…)”

Detenidos…

“El autobús no solamente paso por Ortiz, sino que se detuvo frente a la bodega de Epifanio. Era la primera parada desde la víspera, cuando salió de Guatire, mucho más allá de Caracas, con su cargamento de presos.

Había atravesado en la noche y a gran velocidad las desiertas calles mudas de la capital. Tomo después el rumbo de los Valles de Aragua, hasta caer en los Llanos dando tumbos, con el motor a toda marcha. El cortejo de automóviles familiares que intento seguirlo había sido detenido en seco por los fusiles de un pelotón de soldados.

Los estudiantes ignoraban la meta de aquel autobús amarillo que corría locamente con ellos adentro. Los soldados que los custodiaban, uno en cada extremo de los asientos, guardaban un estúpido silencio de piedra. El capitán, sentado junto al chofer, ni siquiera se volvía a mirarlos. Apenas daba signos de vida el coronel Varela, un tuerto vestido de civil, bajo cuya vigilancia se realizaba el traslado, para gruñir ordenes concisas de tiempo en tiempo.

Tan solo vislumbraron el destino que les aguardaba cuando el autobús abandono la carretera que iba en busca del mar y torció bruscamente hacia los Llanos. Entonces uno de ellos dijo simplemente:

— Este es el camino de Palenque.

Los demás comprendieron y callaron.”

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