Cuida lo que dices, lo que informas en cuarentena…

Cuida lo que dices, lo que informas, sobre todo durante una pandemia, durante una crisis de salud, una crisis económica, una cuarentena. Esto pudiéramos pensarlo respecto a la gente común, la de a pie, como se dice ahora, pero del mismo modo respecto a los poderosos e influyentes medios de comunicación social, verdaderos conductores de la grey y guías de la opinión pública.

Rating y verdad

Aparte de la invalorable importancia del rol desempeñado por estas instituciones para las libertades humanas y para el ejercicio de la democracia especialmente, sin embargo, a la par que su normal y comprensible búsqueda de cobertura o de rating, también es necesario el equilibrio o balance entre informar y formar; o entre mostrar imágenes y narrar, para evitar una cadena incontrolada de malos entendidos, uno detrás del otro; o mejor, uno dentro del otro, conociéndose la natural tendencia del humano al mal entendido y a la alarma; y al morbo de lo negativo, de lo novedoso y sensacional, aun siendo un hecho nefasto…

Leamos unas sencillas líneas de la novela Corazón tan blanco, del autor español Javier Marías (Madrid, 1951), escritas cronológica y espacialmente muy lejos de la actual situación mundial por el Corona Virus o Covid19, pero apropiadas para una reflexión de la condición humana, sus virtudes, sus defectos, sus angustias, sus entrañas…

Hablando sin cesar

“Es imposible no equivocarse. Lo raro es que las palabras no tengan más consecuencias nefastas de las que normalmente tienen. Lo raro es que las palabras no tengan más consecuencias nefastas de las que normalmente tienen. O tal vez no lo sabemos suficientemente, creemos que no tienen tantas y todo es un desastre perpetuo debido a lo que decimos. El mundo entero habla sin cesar, a cada momento hay millones de conversaciones, de narraciones, de declaraciones, de comentarios, de cotilleos, de confesiones, son dichos y oídos y nadie puede controlarlos. Nadie puede prever el efecto explosivo que causan, ni siquiera seguirlo. Porque pese a ser las palabras tantas y tan baratas, tan insignificantes, pocos son los capaces de no hacerles caso. Se les da importancia. O no, pero se las ha oído.”

Y un poco más adelante nos entrega, en forma más directa y vehemente:

“El que dice es insaciable y es insaciable el que escucha, el que dice quiere mantener la atención del otro infinitamente, quiere penetrar con su lengua hasta el fondo (» La lengua como gota de lluvia, la lengua al oído «, pensé), y el que escucha quiere ser distraído infinitamente, quiere oír y saber más y más, aunque sean cosas inventadas o falsas.”

Pp. 344-345 de la edición de Alfaguara, segunda edición, 2007.

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