De amor es el crepúsculo

De amor es el crepúsculo, se puede decir. ¿O es que el amor es una suma de crepúsculos inspiradores? Pero puede ser un alba tibia y rosada. De cualquier modo le digo: crepúsculo, ¿me ayudarás a decirle cuánto la quiero, cuánto la amo, que no vivo sino esperando el momento de verla? Y cuando la veo, cuando la veo, no le digo.

“Era un crepúsculo suave, el frío del atardecer apenas se sentía. Lado a lado, con los codos apoyados en el alféizar, María Sara y Raimundo Silva miraban en silencio, conscientes de sus mutuas presencias, el brazo de uno sintiendo el brazo del otro, y, poco a poco, la tibieza de la sangre. El corazón de Raimundo Silva latía con fuerza, le resonaba en los oídos, el de María Sara parecía querer agitarla de la cabeza a los pies. El brazo de él se acercó un poco más, el de ella permaneció donde estaba, expectante,…” (Saramago, Historia del Cerco de Lisboa, p. 289)

Cada historia de amor que vemos a lo largo de muchas páginas, es nuestra historia de amor. Cada historia de amor imaginada e imaginaria; o real y verdadera, es la historia de una espera, de una gota cayendo. De roces y rumores de tela apenas cercanas. Y si leyéndola estamos, es nuestra su trama y nuestro su mundo y su ansiedad.

También se puede consultar en este mismo blog: El Caín de Saramago
Cada libro esperando está, no lo dejemos plantado…

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