Dos laberintos

LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS, formando parte del libro El Aleph, es un cuento ‘terrible’ del maestro de maestros, Jorge Luis Borges, (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986).  En otras ocasiones hemos publicado otras maravillas. Ver por ejemplo el enlace:

Mejor no te recuerdes, Funes

Esta vez nuestro blog ofrece pocos comentarios, al menos de parte de Salkedus. La enjundia del escritor, su perfección en la capacidad para la síntesis no pide más nada. Si acaso, recordar a un ‘viejo amigo viejo’, ya desaparecido y quien solía dictaminar: “lo bueno, si es breve, dos veces bueno”. O también otro viejo, el viejo dicho aquel de que “De lo bueno, poco”.

Esa mezcla homogénea muy borgiana, de ensayo, literatura y filosofía o pensamiento, merece nuestro más grande elogio, con el grande deseo de compartírselo ahora, estando fuera del laberinto, con paredes o sin ellas… No obstante preferiría decantarme en mi caso, por alguno de los laberintos narrativos y mágicos del escritor ya no argentino sino del mundo.

Lean y sonrían con el pequeño y terrible gran cuento. Está completo:

“Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. (Punto y aparte de Salkedus)

Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: ¡»Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso.» Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.”

Tomamos de la versión física de sus Obras Completas, editada por Emecé Editores, en Buenos Aires, 1974, p. 607.

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