Las primeras líneas de la Historia del Loco…

Las primeras líneas de la novela de suspense Historia del Loco, del escritor nacido en Nueva Jersey, EEUU, John Katzenbach (1950) ya me capturaron.

He sido trasladado a la fuerza, a la fuerza de la palabra escrita, sin violencia quiere decir esto, al pasado del Hospital Estatal Western, cuando Francis Petrel, protagonista orate del relato, se pregunta en medio de sus voces esquizofrénicas, qué pasará ahora… Las acciones transcurren en el último año de la década de los setenta.

El autor es además, periodista especializado en asuntos penales y judiciales, de donde tal vez le venga su maestría escribiendo sobre homicidas, perseguidores, espías, víctimas y sospechas confusas. Todo en medio de la mejor prosa la cual, gracias no solo a él sino a las excelentes traducciones al español que tiene, se muestra insaciable con sus lectores, no dejándoles ningún recodo por donde escapar. La novela que hoy comentamos es contada por Petrel, un loco, quien fue testigo, más de veinte años atrás, de un asesinato.

Otra entrada aquí al respecto está en:

https://salkedus.com/wp-admin/post.php?post=914&action=edit

El fragmento al cual les invito es elocuente y ayuda a prepararnos para lo que viene:

“Treinta minutos después, según sus cálculos, se abrió de nuevo. Intentó saludar otra vez, y esta vez pareció funcionar porque segundos después oyó una llave en la cerradura. La puerta se abrió, y el negro grandullón entró en la celda. Sonreía como si lo hubieran pillado en mitad de una broma, y saludó a Francis de una forma afable.

— ¿Cómo te encuentras hoy, Francis? —preguntó—. ¿Has conseguido dormir? ¿Tienes hambre?

—Tengo sed —dijo Francis con voz ronca.

—Es por la medicación que te dieron —repuso el auxiliar—. Te deja la lengua espesa, como si la tuvieras hinchada, ¿verdad?

Francis asintió. El auxiliar salió al pasillo y volvió con un vaso de agua. Se sentó al borde de la cama y sostuvo a Francis como si fuera un niño enfermo para que se la bebiera. Estaba tibia, casi salobre, con un ligero sabor metálico, pero en ese momento la mera sensación de que le bajara por la garganta y aquel brazo que lo sostenía tranquilizaron a Francis más de lo que habría esperado. El negro debió de darse cuenta, porque aseguró en voz baja:

—Todo irá bien, Pajarillo. Así es como te llamó el otro nuevo, y creo que es un buen apodo. Este sitio es un poco duro al principio, uno tarda en acostumbrarse, pero estarás bien. Estoy seguro. —Lo recostó en la cama y añadió—: El médico vendrá a verte enseguida.

Unos segundos después…

Unos segundos después, Francis vio la forma rolliza del doctor Gulptilil en el umbral.

—¿Cómo se encuentra hoy, señor Petrel? —preguntó con una sonrisa y su ligero acento británico.

—Estoy bien —respondió Francis. No sabía qué otra cosa decir. Sus voces le advertían que tuviera mucho cuidado. De nuevo sonaban más tenues de lo habitual, casi como si le gritaran desde el otro lado de un ancho abismo.

—¿Recuerda dónde está? —preguntó el médico.

—En un hospital.

—Sí—corroboró el médico con una sonrisa—. Eso no es difícil de suponer. ¿Pero recuerda cuál?

¿Y cómo llegó aquí?

Francis se acordaba. El mero hecho de responder preguntas despejó parte de la niebla que le oscurecía la visión.

—Estoy en el Hospital Estatal Western —dijo—. Y llegué en una ambulancia después de una discusión con mis padres.

—Muy bien. ¿Y recuerda en qué mes estamos? ¿Y el año?

Petrel ya no recuerda…

—Todavía estamos en marzo, creo. De 1979.

—Excelente. —El médico pareció satisfecho—. Diría que hoy está un poco más orientado. Creo que podremos ponerlo fuera de aislamiento y sujeción, y empezar a integrarlo en la unidad. Es lo que había esperado.

—Me gustaría irme a casa —dijo Francis.

—Lo siento, señor Petrel. Eso aún no es posible.

—No quiero quedarme aquí—insistió el joven. Parte del temblor que había marcado su voz el día anterior amenazaba con reaparecer.

—Es por su propio bien —contestó el médico.

Francis lo dudó. Sabía que no estaba tan loco como para no comprender que era por el bien de otras personas, no por el suyo, pero no lo dijo en voz alta.

—¿Por qué no puedo irme a casa? —quiso saber—. No he hecho nada malo.

—¿Recuerda el cuchillo de cocina? ¿Y sus amenazas?

—Fue un malentendido —explicó meneando la cabeza.”

Tomado de la versión PDF disponible Online, pp. 18 y 19.

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