Pestes de hoy pestes de ayer…

Salkedus, su portal de entrada al buen gusto, reuniendo lo mejor de las letras universales con lo mejor de la música, ya había tenido el placer de ofrecerles en dos ocasiones algunos fragmentos de dos obras del autor venezolano Miguel Otero Silva. Una referida a Lope de Aguirre, príncipe de la libertad. La otra – ambas son novelas – a Casas muertas, escritas por don Miguel en los años 1979 y 1954 respectivamente. Una de esas reseñas exploraba la relación de la trama con la actual pandemia – pestes de hoy, pestes de ayer – haciendo un ejercicio de retroproyección y comparando aquella peste española que sirve de contexto a la novela, con la actual peste que daña nuestro presente.

Respecto a esto último véase entonces nuestra publicación en este clic: https://salkedus.com/la-pandemia-de-las-casas-muertas/

Ahora vamos de nuevo sobre la misma novela, desde otras líneas. Y de nuevo Salkedus se solaza sobre éstas, viendo en ellas un inevitable vínculo entre el ayer de la Venezuela gomecista, momento histórico en que se ubica Casas Muertas, y la actualidad venezolana del tan cacareado “del…Siglo XXI”. Para la comparación, que nace sola, inevitable, con solo desplazarnos a lo largo del texto del novelista, Salkedus extrae sustantivos y adjetivaciones como: tragedia, murieron muchos; familias enteras huyendo…; historias de aparecidos… Mucho pensar, mucho sufrir.

Habla don Miguel Otero Silva:

“Después sobrevino “la tragedia”. La tragedia se produjo durante la peste española, al concluir la guerra europea. Sobre aquel pobre pueblo llanero, ya devastado por el paludismo y la hematuria, ya terrón seco y ponedero de plagas, cayó la peste como zamuro sobre un animal en agonía.

Murieron muchos orticeños, (se refiere el autor a los oriundos o habitantes de Ortiz, el pueblo donde se asienta la acción de la novela)* cinco por día, siete por día, quince por día, y fueron enterrados quién sabe dónde y quién sabe por quién. Otros, familias enteras, huyeron despavoridos, dejando la casa, los enseres, las matas del patio, el perro. Desde entonces adquirió definitivamente Ortiz ese atormentado aspecto de aldea abandonada, de ciudad aniquilada por un cataclismo, de misterioso escenario de una historia de aparecidos.

Personajes de ayer y personas reales de hoy…

“Don Casimiro Villena cayó enfermo. La peste lo derribó con una fiebre que iba más allá del límite previsto por los termómetros. Su piel quemaba a quienes la tocaban, como las piedras de un fogón encendido. A las pocas horas de aquella ininterrumpida combustión interior, don Casimiro comenzó a delirar, a balbucir frases incoherentes, a relatar episodios que nunca habían sucedido, a ver fantasmas en los rincones del cuarto.

— ¡Déjeme en paz, alma de Julián Carabaño, déjeme en paz!

«Incluso voceaba palabras soeces que doña Carmelita jamás había escuchado antes y que oía entonces sin entenderlas, sacudida de espanto, acurrucada en el mecedor de esterilla y encomendándose a las ánimas del purgatorio.

Finalmente, después de muchos días de arder como un pabilo, cedió la fiebre. Pero quedó el delirio, el desvarío, la ausencia. Don Casimiro Villena dejó de ser quien era para transformarse en una sombra que vagaba por los corredores de la casa gruñendo murmullos que no llegaban a palabra, articulando palabras que no llegaban a frase. Doña Carmelita sostenía que no fueron la peste ni la fiebre las causas verdaderas de “la tragedia”, sino el tanto trabajar, el escaso dormir, el demasiado hacer y pensar, la preocupación trascendental de don Casimiro por los problemas grandes o pequeños de este mundo (Pestes de hoy, pestes de ayer)*. Ella lo aseaba, lo vestía, le servía la comida en la boca como a un niño. Ella interpretaba a su manera los gruñidos incoherentes y sostenía con él extraños diálogos:

No solo la pandemia mata…

(…)

“No así Carmen Rosa. Carmen Rosa comprendía cabalmente que don Casimiro Villena, su padre, aunque comiera con ellas en la mesa y paseara por los anchos corredores al despuntar la mañana, estaba muerto desde hacía mucho tiempo.” (Fin de las citas)

Casimiro Villena, el personaje moribundo, retrata tal vez la muerte o el no regreso de un modelo político y social. ¿Uno fenecido ya; acaso uno por desaparecer? No especulemos hasta tales extremos. Digamos mejor que aquel orgulloso y poderoso régimen político de El Benemérito don Juan Vicente Gómez, tan poderoso, al extremo de vivir por veintisiete años, tuvo que encontrar su fin. Así es con todo. Así con la actual pandemia. Así con la actual peste…

*Paréntesis de Salkedus.

Un vistazo histórico a las horribles pandemias está en: https://www.infosalus.com/salud-investigacion/noticia-breve-historia-pandemias-globales-hemos-luchado-contra-mayores-asesinos-20200322075937.html

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