Husmeando a los vecinos

Se trata de Claraboya, la primera novela del novelista portugués José Saramago. Publicada por vez primera en 1999 después de haber sido llevada a una editorial que la ignoró por cuarenta y siete años (Saramago se las había presentado en 1953) pone al narrador y por tanto a nosotros sus lectores, como si estuviésemos husmeando a los vecinos de un edificio de apartamentos, ubicado en algún lugar de Lisboa, la capital portuguesa.

En efecto la novela discurre menudeando de arriba a abajo del edificio, apartamento por apartamento, habitante por habitante, ofreciéndonos el drama y las vicisitudes cotidianas de cada quien, cuidando por supuesto de dejar clara nuestra imagen humana, reflejada en los distintos personajes que allí habitan.

Claraboya es sin duda una claraboya colocada de tal modo que permite indagar – husmear – acerca de los pormenores de Anselmo y de su resignada Justina; de Paulino Moráis y su mantenida amante Lidia; de Silvestre y Mariana su esposa; y Abel su inquilino. O de la joven María Claudia, quien atractiva y emprendedora se emplea en un pequeño cargo en una oficina de la empresa de Paulino, quien no más verla, sentirá aquellos deseos, aun estando de por medio su amante.

Inquilinos o habitantes, da lo mismo…

Sin una trama que sirva de unidad entre los distintos personajes, todos pertenecientes a estratos sociales bajos, viven su vida sin ninguna singularidad, sin escapar del día a día cada uno, pero creándose para el lector atento una atmósfera de tensión y de espera, en vista de las distintas situaciones: maridos bebedores o pendencieros, mujeres tristes y resignadas, inquilinos que filosofan mientras conversan: ‘… la experiencia solo vale cuando es útil a otros…’, dice Abel hablando con Silvestre. Matrimonios en conflicto, ancianos fatigados de vida, de recuerdos y de sus historias. Chismorreos de pasillos y escalinatas, un patio común, adicciones y sospechas…

Para conocer más de Lisboa puedes ver aquí: https://sobrelisboa.com/category/barrios-y-calles-de-lisboa/

Salkedus tiene varias entregas dedicadas al gran autor de Ensayo sobre la lucidez Podemos leer una de éstas haciendo clic en el enlace: https://salkedus.com/elecciones-infecundas-desobedientes-saramago/

Es un paso a paso entre cada piso o apartamento, husmeando a los vecinos. Pero es del mismo modo, un paseo entre la vida de otros, de quienes son o podrían ser nosotros, vista la condición humana. Vistas y hechas las respectivas reflexiones y las metáforas que se desprenden en cada frase del autor. Y por qué no, sentida desde los rumores y falsos silencios de muebles y utensilios que Saramago pone en cada ambiente, de la mano de alguno de los personajes. De veras. Así leemos:

Muebles que sienten y murmuran

“Los muebles, hasta ese momento abatidos de desánimo, se alegraron. Después, una alfombra junto a la cama disminuyó la desnudez del suelo. Con algo más aquí, algo más allí, la habitación adquirió un aire de cierto confort modesto. Mariana y Silvestre se miraron, sonrientes, como quien se congratula por el éxito de una empresa.

Y se fueron a almorzar.

Testigos que cuentan

Y en otras líneas y husmeando a los vecinos se escucha:

“Su dormitorio estaba allí para demostrarlo. Los muebles eran pobres, pero limpios, y tenían aire de dignidad. No hay duda de que, así como los animales domésticos —el perro y el gato, por lo menos— reflejan el temperamento y el carácter de los dueños, también los muebles y los objetos más insignificantes de una casa reflejan algo de la vida de sus propietarios. De ellos se desprende frialdad o calor, cordialidad o reserva. Son testigos que cuentan, a todas horas, con un lenguaje silencioso, lo que han visto y saben. La dificultad está en encontrar el momento más favorable para recoger la confesión, la hora más íntima, la luz más propicia.

Siguiendo en el aire el movimiento envolvente del humo que subía, Abel oía las historias que le contaban la cómoda y la mesa, las sillas y el espejo. Y también las cortinas de la ventana. No eran historias con principio, desarrollo y fin, sino un fluir dulce de imágenes, la lengua de las formas y de los colores que dejan una impresión de paz y serenidad.

Sin duda, el estómago reconfortado de Abel formaba parte importante de esta sensación de plenitud. Hacía ya muchos meses que estaba privado de las sencillas refecciones domésticas, del sabor particular de la comida hecha con las manos y el paladar de una tranquila ama de casa. Comía en tabernas baratas el plato del día…”

Visítalos a todos. Están en Claraboya, de José Saramago.

Las citas fueron tomadas por Salkedus de la versión disponible en PDF, pp. 44 y 105.

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