El primer café de la mañana

Diego Galdino (Roma, Italia, 1971), autor no tan conocido, sin embargo nos entrega unos humeantes y cremosos cafés en su espumosa novela: El Primer Café de la Mañana, publicada en 2013.

Detrás de una Gaggia, en pos de una chica

Su experiencia como barista y mesonero le facilitó entrelazar los hechos, desarrollados en Roma, la ciudad creadora de la Gaggia, la máquina de hacer café expreso, conocida e imitada hoy en todo el mundo.

La trama no es otra que una historia de amor, nacida entre Geneviève, visitante llegada a la plaza frente al café Tiberi, el café de Massimo, el otro protagonista de los cafeínicos sofocones de la historia, narrada por Galdino entre mocaccinos, cortados, cafés con Nutella™ o con licor, y muchos otros que solo la maestría de un gran barista puede conjurar, sobre todo si es el primer café de la mañana.

Apenas unas líneas no ofrecen el sabor exquisito, dulce y amargo de la bebida, vertido a lo largo de la novela. Sin embargo Salkedus deja algunas gotas. Lean:

“Porque allí, si girabas la válvula del vapor y metías debajo la jarra de la leche (bien helada, por favor) prestando atención en mantener el pitorro a no demasiada profundidad (en caso contrario, la calentabas, y nada más), ni demasiado en la superficie (con lo cual te arriesgabas a que la leche saliera disparada por todo el local), sino simplemente en el lugar apropiado, podía crear una espuma perfecta para el cappuccino (punto y aparte de Salkedus);

«…porque allí tenías que decidir cuánto presionabas el café molido (tomando también en consideración la humedad ambiental) para obtener el espresso perfecto; porque en ese laboratorio podías inventar, mediante genialidades enmarcadas en rigurosos procedimientos experimentales, los nuevos matices de nuestro orgullo nacional (punto y aparte de Salkedus).

Viendo la plaza, buscando

«Pero en los últimos días, Massimo, escondido detrás de la vieja Gaggia, aprovechaba la ocasión para espiar ese trozo de la plaza de Santa María in Trastevere en busca de dos ojos verdes lejanos, pero sin duda alguna furiosos e incandescentes de rabia. En cambio, por un extraño juego de volúmenes y perspectivas (la vieja Gaggia era más bien ancha de caderas), esos dos ojos no los vio ni tan siquiera acercarse y se los encontró de golpe a menos de un paso, con la barra únicamente separándolo de ellos…”

Mira y disfruta un buen café en: Moliendo Café

Extraído de la edición PDF disponible online.

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