Un niño que se expresa con un tambor

Un niño que se expresa con un tambor, un tambor de hojalata. El tambor de hojalata es la historia creada por el novelista polaco Gunter Grass (Danzig, 1927, Lübeck, Alemania, 2015), quien ofrece una no poco abigarrada novela ubicada en el período entre la primera y la segunda guerra mundial, donde las acciones bélicas forman marco, poniendo el énfasis eso sí, en Oscar, un niño nacido mudo y que además, por propia voluntad había dejado de crecer – ‘nunca llegaré a ser adulto…’ había dicho el personaje, ofreciendo entonces una imagen siempre de niño de tres años y sin malformación alguna.

El lenguaje de un tambor…

Extremadamente inteligente, curioso y sagaz, la historia de su vida va desde la metafórica falda de su abuela Koljaiczek – faldas, mejor dicho, pues eran cuatro – bajo las cuales se ocultaba Oscar para jugar o tocar sus acompasados redobles tamboriles – un niño que se expresa con un tambor – y de pensamiento silencioso, en contemplación del mundo. Del mismo modo, desde aquellas cuatro inauditas faldas fue engendrada su madre Agnés, cuando el abuelo del protagonista, el ignorado Koljaiczek, hubo de ocultarse bajo ellas siendo perseguido por las fuerzas hostiles alemanas.

Jamás hablaba, ni siquiera en su primer día de escuela, donde causó un desastre no solamente con su silencio atronador – tómese esto último en sentido literal pues en sustitución del habla el niño tocaba el tambor – sino con su insólito e imposible grito agudo, el que sirvió para hacer estallar los vidrios de su salón de clases, generando pánico en los demás niños, en sus madres que asistían al acto de inicio y por supuesto en la afligida maestra. Jamás se había visto. Este grito vibrante y agudo sustituto del habla es otra de las capacidades del personaje.

Redobles largos o cortos, sostenidos o entrecortados, repiques de palillos rítmicos e intensos o sutiles, a veces acompañando al trompetista Meyn o a su madre al mercado, al teatro o quedándose en la juguetería de Segismundo Markus, donde éste le había garantizado por mucho tiempo un nuevo tambor de hojalata, cada vez que el anterior sucumbía a los continuos embates de Oscarcito.

Saber un poco más sobre Gunter Grass: https://elpais.com/cultura/2015/04/13/actualidad/1428918239_167030.html

Narrado desde el ‘yo’ y desde ‘el otro’

Pero el lector – o el oyente, por qué no, un niño que se expresa con un tambor- debe saber que la historia es narrada a veces por el propio Oscar ya adulto, en medio de sus remates de locura de la que sufría y por la cual fuera recluido en un sanatorio. Pero el lector, una vez más, debe saber que el tiempo narrativo de la barroca novela salta fluyendo, sin aviso queremos decir, desde esa primera persona, cuando habla el propio Oscar, hasta la tercera persona del narrador; un recurso perfectamente prescindible pero al que Gunter Grass se remite para mezclar los tiempos de su novela.

En Salkedus nos debatimos en esos dos tiempos para decidir sobre el fragmento a ofrecer a sus salkeditas. ¿El episodio de la escuela? ¿El paseo a la playa de Glettkau con sus sorprendentes anguilas extraídas de aquella cabeza de caballo usada como cebo por un pescador? ¿El episodio en el teatro, haciendo vibrar sus ventanales? ¿O cuando Oscar y su supuesto tío Jan Bronski se dirigieron a la joyería de Bansemer para romper el niño con su voz ‘vitricida’ una de las vidrieras y sustraer un valioso collar?

Puedes ver otra magnífica entrada de Salkedus en: https://salkedus.com/se-fue-hacia-las-olas/

Dejemos aquí finalmente, dos fragmentos breves. El primero acerca del gracioso pero violento episodio en la escuela. El segundo, más profundo y universal, sobre el mundo interior del niño:

Primero y último día de escuela de Oscar

“Produje, en otros términos, un doble chillido que pulverizó literalmente los dos lentes de los anteojos de la (maestra) Spollenhauer. Con las cejas ligeramente ensangrentadas y haciendo guiños a través de los aros vacíos de la montura, fue reculando a tientas y se puso a lloriquear de un modo horrible y con una falta de dominio absolutamente impropia de una maestra de escuela pública, en tanto que la banda tras de mí enmudecía de terror, quiénes desapareciendo bajo los bancos, quiénes castañeteando los dientes. Algunos se fueron deslizando de banco en banco hacia sus madres. Pero éstas, al advertir la magnitud de los daños, buscaban al culpable y querían echarse sobre mamá, lo que sin duda habrían acabado por hacer si yo, tomando mi tambor, no me hubiera salido del banco.”

Olores de la vida

“Y aunque tal vez tuviera yo la culpa de la muerte de mi pobre mamá, no por ello me aferraba con menos ahínco al tambor difamado, porque éste no moría, como muere una madre, y podía comprarse uno nuevo o hacer reparar el viejo por el anciano Heilandt o por el relojero Laubschad; porque me comprendía, me daba siempre la respuesta correcta y me era fiel, lo mismo que yo a él.»

Redoblando mi tambor

(…) «Cuando en aquella época el piso se me hacía estrecho y las calles se me antojaban demasiado cortas o demasiado largas para mis catorce años, cuando durante el día no se presentaba ocasión para jugar al tentador frente a los escaparates y por la noche la tentación no era lo suficientemente intensa como para llevarme a tentar por los zaguanes oscuros, subía yo marcando el paso y el compás los cuatro tramos de la escalera, contando los ciento dieciséis peldaños, y deteniéndome en cada descansillo para tomar nota de los olores que se escapaban por cada una de las cinco puertas, porque los olores, lo mismo que yo, huían de la excesiva estrechez de los departamentos de dos habitaciones.”

Las citas corresponden a la edición electrónica de la obra, pp. 59 y 122.

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