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Historia del loco, nos la cuenta John Katzenbach

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Historia del loco

La Historia del Loco es el nombre de una de las novelas de suspense del autor americano John Katzenbach, de quien ya habíamos sabido merced a nuestra entrega del cuatro de febrero de 2018. Puedes verla en el enlace: Para volverse loco

Ahora reiteramos nuestra invitación a esas mismas páginas, percibiendo la dinámica puesta en la obra, sobre todo en lo que concierne a descripciones tan tangibles y perfectas como la que hoy trae Salkedus, blog de literatura y música.

En la Historia del Loco, mejor que en cualquier otra, se vive un acercamiento a la realidad de los pacientes dentro del internado u hospital donde son llevados. En este caso, y tal como dijimos en la otra entrega, se trata del Hospital Estatal Western, en EEUU, a finales de los años setenta.

Entre criminales, criminalistas, y criminólogos…

Si estudiantes de criminología o de psiquiatría inclusive, me preguntasen acerca de una obra donde se palpara a fondo el ambiente de la mayoría de los hospitales psiquiátricos; o el mundo interior de sus pacientes, no dudaría en recomendar esta novela, leída sin prejuicios y con la calma que las lecturas al final del día suelen ofrecer, en nuestro sillón y con nuestra buena lámpara de lectura.

Internados, de Irving Goffman

Incluso recomendaría una lectura en paralelo con otra grande obra, no de literatura sino de sociología. Me refiero a Internados, de Irving Goffman, un estudio hecho in situ, en este caso el psiquiátrico de Saint Elizabeth, en Washington, en los mismos años setenta, con casualidad, para analizar la severidad y la tristeza de estos tipos de encierro.

Sirve la exploración de Goffman para examinar la vida y rutina general en lugares como el cuartel, el psiquiátrico, el convento, un barco, un orfelinato y por supuesto las cárceles. Estas instituciones son llamadas instituciones ‘totales’, de claustro total, de completa segregación de la vida exterior, sea en forma indefinida, sea por períodos determinados.

Mejor que la sociología es La Historia del Loco de Katzenbach para describir y vivir entre maníacos, depresivos, Cleopátras y Napoleones, retrasados, ángeles, demonios o jugadores compulsivos incluso…

Los dos fragmentos que acompañan hoy al blog son elocuentes. Y Salkedus se los ofrece en un instante, en un clic, aquí mismo. No busquen más:

Se pierde todo, hasta lo personal…

“Mi vida era única debido a la ausencia de todas esas pequeñas cosas que constituyen la normalidad de cualquier persona.

Nunca supe qué detestaba más, si el mundo esquivo del que procedía y al que jamás podría incorporarme o el mundo solitario en que estaba obligado a vivir. Solitario si exceptuamos las voces.

Durante años las oí llamarme por mi nombre: ¡Francis! ¡Francis! ¡Francis! ¡Sal! Era un poco como imaginaba que los niños de mi manzana me llamarían una tarde cálida de julio, cuando la luz se desvanecía despacio y el calor del día seguía vivo mucho después de cenar, si lo hubieran hecho alguna vez, lo que nunca ocurrió. Supongo, en cierto modo, que es difícil culparlos. No sé si yo habría querido salir a jugar con ellos. Y, a medida que crecí, también lo hicieron las voces, y sus tonos cambiaron, como si siguieran el ritmo de los años que pasaban por mi vida” (p. 18).

Ni con los narcóticos…

Y más adelante, hablando consigo mismo el personaje principal de la novela, un joven loco esquizoide llamado Francis, se le escucha decir:

“En el mundo de aquel hospital psiquiátrico se consideraba el único pragmatista.

Suspiró. Era bien entrada la noche y estaba apoyado contra la pared con las piernas extendidas en la cama, escuchando los sonidos nocturnos. Pensó que ni siquiera la noche concedía una tregua al dolor. Los pacientes eran incapaces de liberarse de sus problemas por muchos narcóticos que Tomapastillas[1] les recetara. Eso era lo insidioso de la enfermedad mental; se necesitaba tanta fuerza de voluntad e intensidad de tratamiento para conseguir una mejoría que la tarea era casi titánica para la mayoría y prácticamente imposible para algunos. Oyó un largo gemido de Francis. Le entristecía que su amigo se agitase en su sueño, porque aquel joven no se merecía el dolor que le acechaba en la oscuridad.

Trató de relajarse, pero no pudo. Se preguntó si, cuando cerraba los ojos, la misma agitación se apoderaba de su sueño. Pero la diferencia entre él y los demás, incluido su joven amigo, era que él era culpable, mientras que ellos probablemente no” (p. 90).

Ambas citas textuales de la obra son tomadas de la edición PDF disponible Online.
[1] Sobrenombre dado por algunos pacientes a uno de los médicos psiquiatras.

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