Día de Difuntos entre papeles y recuerdos

Encontré  entre papeles y recuerdos  un viejo artículo mío llamado “Día de Difuntos”, publicado en fecha martes 3 de noviembre de 1992 en el desaparecido diario de la ciudad de Mérida, Venezuela, El Vigilante. Imagínense. Imagínense, el diario decano de la prensa merideña, cuya sede estuvo en la avenida cinco de la ciudad. Ni el recuerdo. Ya vemos como sí recordamos. De hecho las festividades como ésta del artículo, tienen entre otras, ese objetivo colectivo.

Ver de igual modo el interesante enlace: https://es.wikipedia.org/wiki/D%C3%ADa_de_Muertos

A continuación  reproduzco el artículo tal cual salió aquella vez, siendo aquella fecha precisamente, Día de los Muertos.

Hay siempre en nosotros una nostalgia del pasado; de lo que ya fue. Hay al mismo tiempo, una fuerza hacia el progreso, pero hay también – oh paradoja – un apego a la tradición, una mirada fija, anhelante, expectante podría decirse, hacia lo que ya pasó. Hay hechos que queremos mantener en el presente, conservar para la posteridad, para nuestros descendientes; por ello, cuando bautizamos un niño, cuando nos casamos, el día de nuestra Primera Comunión, por ejemplo. O cuando tenemos algún aniversario importante, guardamos, damos o recibimos tarjetas, destacando lo que queremos recordar. Son objetos simbolizando y evocando el acontecimiento que dio origen a la celebración.

El pasado en el presente

Alguna fotografía siempre es apetecible para congelar en el tiempo aquel suceso – generalmente feliz o en todo caso importante -. En fin, el hombre tiene como tradición, el archivar lo acontecido dentro de su devenir o también, en el mismo plano, mantener presentes los seres queridos que lo acompañaron pero que ya no están; si esto último no fuese así, ¿qué otra finalidad podrían tener la lápida o el mausoleo?

Francamente son muy pocos los que desean vivir literalmente con sus muertos. Obviamente el pánico y la formulación racional en torno a que existen dos planos, dos mundos perfectamente diferenciados que hay que respetar y reconocer, inhiben tal inclinación. Y también existe el deseo innegable de recordar al que ya no vive junto a nosotros.

En ese sentido, hay – no solo en la cultura occidental sino en todo pueblo, como rasgo de la condición humana – un verdadero culto a los muertos: Día de los Muertos o Día de los Difuntos, Día de las Ánimas, oraciones a las ánimas (o almas de los muertos), invocaciones, costumbres de encender velas en determinados días en memoria de los difuntos.

Pero incluso comida o flores para el cementerio, pequeñas urnas o cofres para conservar las cenizas de seres amados, falsas velaciones, misas, novenas, ritos, máscaras y en fin, una pléyade de actitudes, formas de vida y costumbres que nos muestran al humano como el ser que no olvida a quienes los que ya han partido.

Dos mundos lejanos y cercanos

Los dos mundos – vivos y muertos – aunque muy bien diferenciados, no están totalmente separados. Los une ese anhelo, esa inclinación hacia lo vivido, lo pasado, lo remoto. Allí la génesis del día de los muertos, día del año en que por lo menos una oración dedicamos a ese mundo del tánatos (gr.: muerte), misterioso, punzante, cercano, lejano, tan nuestro.

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El día de los difuntos de nuestra cultura occidental es la renovación de la certidumbre de nuestra finitud, finitud que es causa y principio de nuestra historia, nuestros proyectos y acciones. Si el ser humano pensara o creyera por unos instantes que posee el atributo de la permanencia o de la eternidad, sería abordado por los peores vicios. La pereza, la destemplanza, la apatía, la abulia. El abuso… Descendería a los infiernos de la monotonía, pues es la muerte la renovación, lo que hace ser al hombre el gran hacedor de historia.

¡Feliz día de los Muertos!

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