Musikalos

Sonoras letras…

 

Insistí hasta que hallé entre mis estantes, entre páginas plenas de letra y sonoridad de flipflap, ojeándolas y hojeándolas, un fragmento, por fin, que me hiciera una síntesis entre estéticas del relato y redondos sonidos sinuosos. ¿Quién hallara una infinita capacidad de gozo, de aliento y de inspiración sin límite, para instantáneamente adquirir la fe de tocar un instrumento dulce y tibetano; o uno vibrante y celta; o uno perfumado por los ébanos tristes del África en su sin fin diáspora? O uno imponente de bronce y cobre de los ítalos. O intangible y templado de germanos o francos… ¿O de mixtura voluptuosa hispanoamericana…?

¿Por qué tocar un instrumento se dirá tocar? ¿Qué es lo tocado? ¿La infinitud de la vida en el Universo o el instrumento físico? ¿La canción – la serie de notas que contiene – o el aire que melifluo nos llega en redondo bramido? ¿O la cuerda? ¿O la caña que ante mis labios cede? ¿O la espuma espesa que brota de una percutida membrana, palpitante bajo mis manos? ¿Tocamos el alma de quienes escuchan o un Alma superior inasible e inefable que en helado silencio escucha? ¿Qué es lo tocado? ¿Nos tocamos nosotros, directo al plexo solar, al del espíritu por supuesto, la sede de la vida? Si la vida es y está allí, lo es por ser música. Si de la vida te sientes fuera, entra a ella por ese portón. O por el de las letras. Al trastumbarlo, te encontrarás una leve romanilla. Continúa. Un gran patio te espera.

Entonces les invito a desplegar la novela de Rosa Montero, Lágrimas en la Lluvia, con la cual ya habíamos tenido un encuentro en este mismo blog en nuestra entrega del nueve de marzo pasado. Y luego concédanse un espacio musical de unos minutos haciendo clic en el enlace de más abajo…

“Maio se llevó el amb (nombre que la autora da en su novela) a los labios y comenzó a soplar. Líquidos sonidos nacieron de su boca, hilos rumorosos que parecían deslizarse por la habitación dejando un rastro de luz. Bruna aguantó la respiración, o más bien olvidó respirar durante unos segundos, sumergida en la música como quien se zambulle dentro del agua.

Algo semejante a un delicado, conmovedor lamento resonó a su lado. La rep (Bruna, el personaje) volvió el rostro y vio que Mirari estaba de pie, tocando su violín. Las voces de ambos instrumentos se fueron trenzando en el aire, la flauta sinuosa y apaciguadora junto con el quejido en carne viva del violín, formando un todo tan profundo e inmenso que Bruna sintió que por sus venas fluían sonidos en vez de sangre. El tiempo se deshizo, el pasado se fundió con el presente y Merlín (personaje muerto en la trama) volvió a estar vivo porque en esa melodía primordial cabía absolutamente todo menos la muerte. Y entonces el arco de crines resbaló y el violín chirrió, rompiendo el hechizo.”

P. 303, Seix Barral, 2011.

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=MZc4JHN-Qhs

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