AlPieDeLaLetra

¿Dónde están los recuerdos?

¿Dónde están los recuerdos? Irme hasta un lugar y pedir un ponqué, o un ponquecito, o un cupcake, o un trozo de torta, o de tarta: o una magdalena, es decir un bollo de harina, azúcar, levadura, mantequilla, suavizante, vainilla, ralladuras de naranja o chispas de cacao… Irme hasta allá, pedir según antojo y entonces al tomar el primer bocado: ¡zas! Una llovizna de recuerdos, casi escampando pero sin terminar de hacerlo, como recuerdos emergiendo borrosos y por lo mismo, ocultando la nostalgia y el gran esfuerzo dispuesto para traerlos al presente y sostener firmemente todo detalle. Pero todo eso, ese alud de recuerdos desprendido por obra de un bocado, es el episodio más celebrado de la novela En Busca del Tiempo Perdido, del francés Marcel Proust. Vayan a mi entrega del 15 de marzo.

Y he querido iniciar esta entrega de hoy de este modo para poder introducir la idea absurda contenida en la pregunta de su título. ¿Es posible a los recuerdos saltar desde la torta que comemos, hacia nosotros, para luego ser expresados conforme algún orden? ¿O estarán en nosotros y son desencadenados mediante el sabor captado por el sentido del gusto? ¿Y cómo llegan a nuestra conciencia esos recuerdos? ¿Llegan desde el ponqué? ¿Cómo transformo o cómo una reunión de harina, huevos y otros ingredientes meramente físicos, llega a ser algo intangible, subiendo por el paladar y el olfato para internarse en la química del cerebro –órgano físico – y volverse ideas y emociones? ¿Cómo ocurre semejante transustanciación?

El recuerdo está en mí, en mi mente. Bueno, eso creo. O creía hasta ahora que leo y escribo sobre estas cosas. El sabor de la magdalena, como le pasó a Marcel Proust, era el mismo de aquella magdalena que una vez de niño comió. Y por ello se le disparó el recuerdo. Pero si no prueba ninguna magdalena o torta alguna, no habría habido ningún medio por el cual el recuerdo hubiese venido. O mejor dicho, la sensación o sentido, el sabor de aquella vez regresó y como no puede materializarse, lo hace en forma de recuerdo. Y eso nos pone por cierto, cerca de comprender el título de la gran novela, pues es en el tiempo pasado que ocurren los hechos; y este tiempo es recuperado, regresado, cuando se le recuerda, como si estuviese perdido. Especialmente cuando se le recuerda en forma enfática y segura, apoyada en la sensorialidad, la del olfato.

Acabo de decir: “Pero si no prueba ninguna magdalena o torta alguna, no habría habido ningún medio por el cual el recuerdo hubiese venido.” O sea, es en la torta donde están los recuerdos; o está latente una potencia, una fuerza esperando a ser desatada por alguien. El asunto es como una serpentina de papel, ligera, soltada al vuelo de una ventisca, buscando a un sujeto donde anclar. Y el tiempo de alguna persona estuvo a la espera de la tal ventisca para dejarse llevar hasta ese presente y encontrarse de cara con la armonía de sabores desprendidos de la tortita.

Mira, yo no sé. No hablo más, no digo más. Para que no me acusen de plagio voy a dirigirlos al magistral fragmento, no sin antes hacerlos saber que en la WEB no faltan numerosos portales y blogs tratando muy bien tal asunto; sí, el de la magdalena de Proust, un asunto de lo más citado entre entendidos y entre los no tanto.

Pero a quien sin falta debemos convocar a todo foro o discusión es a él:

“Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije que no; pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo. Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo?”

(…)

“Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tilo, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria no sobrevive nada y todo se va desagregando!; las formas externas – también aquella tan grasamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos -, adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que las empujaba hasta la conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más, persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.”

¡Vamos a la lectura, vamos al café, a la magdalena, a la palmera o al ponquecito. Pero vamos de la mano de Proust!

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