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Don Quijote y Cien años…

Don Quijote y Cien años… El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y Cien años de soledad. Son novelas, cada una, de don Miguel de Cervantes y de Gabriel García Márquez, respectivamente. Para muchos, dos de los monumentos más grandes de la literatura, en cualquier idioma, incluso. Y Salkedus suscribe esta percepción y agrega que ambas obras, de naturaleza inagotable, terminan escribiéndose de nuevo con cada relectura que de ellas pudiéramos hacer.

Acerca del gran Gabo véase también: https://salkedus.com/en-el-entierro-de-jose-arcadio-buendia/

A nuestro modo de ver, la medida de una obra está en cada nuevo rostro que se nos revela con cada nueva lectura. Porque cada una es un descubrimiento, una nueva arista surgida de las líneas vivas y cambiantes que emanan merced a cada paseo por ellas ofrecido…

¿Leer dos veces una novela? https://www.lecturalia.com/blog/2020/07/09/beneficios-de-la-relectura-por-que-volver-a-leer-un-libro-y-como-hacerlo/

Pero, ¡oh contradicción!, inmutables al mismo tiempo. La permanencia de cada gran novela, cada clásico, de hecho, habla de esto último. Y nosotros lectores empedernidos, hablamos de su espíritu vivo e inquieto, surgido con cada oportunidad en que estamos ante sus páginas, erguidos y contritos, emocionados y expectantes, sabiendo que cada una, Don Quijote y Cien años, como los grandes vinos, nos entregará sus notas. Así:

“Agradeció el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo; el cual, encomendándose al cielo de todo corazón y a su Dulcinea, como tenía de costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían, tornó a tomar otro poco más del campo, porque vio que su contrario hacía lo mesmo; y sin tocar trompeta ni otro instrumento bélico que les diese señal de arremeter, volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos, y como era más ligero el de la Blanca Luna, llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza (que la levantó, al parecer, de propósito), que dio con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa caída. Fue luego sobre él y, poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo:

—Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafío.

Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:

Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra. —Eso no haré yo, por cierto —dijo el de la Blanca Luna—: viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que solo me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año, o hasta el tiempo que por mí le fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta batalla.” Tomado de la segunda parte del Quijote, cap. 64. (El Caballero de la Blanca Luna es el bachiller Sansón Carrasco, un gran amigo de don Quijote, y quien se viste de caballero andante, para hacer entrar a éste en razón y que olvide sus andanzas. Nota de Salkedus).

Y de la más grande obra del escritor colombiano, presentamos fragmentos del momento cuando nace el niño con cola de cerdo, que marca el final no sólo de la novela, sino de la estirpe de los Buendía, la familia que la protagoniza, como se sabe.

“Un domingo, a las seis de la tarde, Amaranta Úrsula sintió los apremios del parto. La sonriente comadrona de las muchachitas que se acostaban por hambre la hizo subir en la mesa del comedor, se le acaballó en el vientre, y la maltrató con galopes cerriles hasta que sus gritos fueron acallados por los berridos de un varón formidable. A través de las lágrimas, Amaranta Úrsula vio que era un Buendía de los grandes, macizo y voluntarioso como los José Arcadios, con los ojos abiertos y clarividentes de los Aurelianos, y predispuesto para empezar la estirpe otra vez por el principio y purificarla de sus vicios perniciosos y su vocación solitaria, porque era el único en un siglo que había sido engendrado con amor.

-Es todo un antropófago -dijo-. Se llamará Rodrigo.

-No -la contradijo su marido-. Se llamará Aureliano y ganará treinta y dos guerras.

Después de cortarle el ombligo, la comadrona se puso a quitarle con un trapo el ungüento azul que le cubría el cuerpo, alumbrada por Aureliano con una lámpara. Sólo cuando lo voltearon boca abajo se dieron cuenta de que tenía algo más que el resto de los hombres, y se inclinaron para examinarlo. Era una cola de cerdo.

No se alarmaron. Aureliano y Amaranta Úrsula no conocían el precedente familiar, ni recordaban las pavorosas admoniciones de Úrsula, y la comadrona acabó de tranquilizarlos con la suposición de que aquella cola inútil podía cortarse cuando el niño mudara los dientes. Luego no tuvieron ocasión de volver a pensar en eso, porque Amaranta Úrsula se desangraba en un manantial incontenible. Trataron de socorrerla con apósitos de telaraña y apelmazamientos de ceniza, pero era como querer cegar un surtidor con las manos.”

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